LA SAGA FAMILIAR DE LA CASA DE BOTINES.






Ya se encuentra en las librerías la novela “La casa de las cuatro torres”. Este libro, que se puede calificar como del género histórico, nos relata la odisea familiar y humana de la Casa de Botines.
Casualmente, este libro aparece en el 125 aniversario de la construcción de la Casa, efemérides que ha convertido al edificio en protagonista de la actividad cultural reciente. La obra no presta especial atención a la arquitectura de Gaudí, materia muy bien estudiada por autores con mejores conocimientos. En cambio, profundiza en la peripecia de los habitantes de León que se vieron envueltos en su órbita. No sólo desde que abrió sus puertas en la Plaza de San Marcelo, sino mucho antes, cuando fue cobrando vida en los sueños de sus promotores. 
La Casa de Botines no es solamente una edificación majestuosa y peculiar que aparece en León en los últimos años del siglo XIX, nacida del genio de Gaudí. Además de todo eso es el epicentro de toda una saga que implica a varias familias, y de muchas relaciones personales y empresariales. Es un elemento fundamental de la vida económica y social de la ciudad en el momento en el que ésta se abre al siglo XX.
        En “La Casa de las Cuatro Torres” el lector descubrirá esa trama de intereses y circunstancias, muchas de las cuales hasta ahora eran desconocidas por el público, y también las ilusiones, las pasiones… y las decepciones de todos los que vivieron la gestación de la Casa. Y disfrutará al sumergirse en la atmósfera y en las calles de un León que ya no existe, pero del cual quedan muchos vestigios.





      
      En este plano se indican los lugares que fueron escenario de los hechos que se relatan en "La Casa de las Cuatro Torres". En la parte derecha podemos ver la Plaza Mayor, y en ella la casa del portal num. 8 de dicha plaza, donde se ubicaba el negocio de Homs y Fernández. En el centro, las plazas de Los Boteros (Don Gutierre) y de San Martín, esta última todavía dividida en dos plazas (Las Tiendas y Las Carnicerias). En la parte superior izquierda, el antiguo hospital, entre las plazas de San Marcelo y Santo Domingo.
      También hemos señalado, en el centro de la imagen, la ubicación del Café de la Estera, enclavado entre dos calles (Conde Rebolledo y Cascalería). El interés de este lugar se basa en el hecho de ser el punto de reunión de los políticos republicanos de finales del siglo XIX y principios del XX, destacando entre ellos la importante figura de Miguel Morán, que se unió en parentesco con los miembros de la familia promotora de la Casa de Botines.
      Y muchos otros lugares que, sin duda, atraerán la atención del observador.

RUTA TURÍSTICA.



Desde el suelo, el Hospicio ya ofrecía el aspecto de una mole, pero a vista de pájaro el enorme tamaño del edificio es evidente. 





Estas medidas desmesuradas del edificio, produjeron toneladas y toneladas de escombros cuando se produjo el derribo del mismo en los años sesenta. Algunos, escombros de lujo... otros, escombros pobres... Y algunos, a pesar de ser escombros de lujo, desaparecieron en el caos de la demolición.











El derribo fue largo. Se prolongó durante varios años, e incluso se produjo la convivencia de los restos del viejo edificio con el recién construido Conservatorio.












Y como ha pasado muchas veces con operaciones similares, los restos quedaron diseminados aquí y allá, en las ubicaciones mas dispares. 








Eso, en cuanto a los restos que gozaron de mejor fortuna. Porque sabemos de alguna pieza que fue salvada in extremis, gracias al buen sentido del conductor de un camión, a quien le llamó la atención que en un bloque de cascotes... hubiera unas letras grabadas.





En primer lugar, aunque no forma parte de la operación del derribo, nos fijaremos en la Puerta de La Reina, elemento emblemático del conjunto del Hospicio, aunque se separó del mismo mucho antes de su demolición.






Este elemento arquitectónico estaba en lo que hoy es la calle Puerta de La Reina, es decir la pequeña vía urbana que rodea al Teatro Emperador por su parte trasera.








En esos años, entre los responsables del urbanismo reinaba la moda de los traslados. Esta tendencia fue la causante de la aparición de la fachada y las torres del Monasterio de Eslonza en una iglesia de reciente construcción, y además en pleno centro de León (San Juan y San Pedro de Renueva).











Y la aparición de una gran parte (algo modificada) de un palacio de Renedo de Valdetuejar en la estructura del nuevo Hospital de Nuestra Señora de Regla, a pocos metros de La Catedral.







Pero, eso son otras historias. En esta ocasión, nos vamos a fijar en los restos del Hospicio. Y volviendo a la Puerta de La Reina, ahí la tenemos, en la fachada de la nueva Audiencia de la Calle del Cid. ¿Este traslado salvó la integridad de la Puerta, que en tiempos fue la entrada de la fábrica textil (fallida  fábrica textil) que allí se construyó, antes que el Hospicio? ¿O fue un atentado a la idea original, que situaba la Puerta en un lugar concreto, donde se debió restaurar y reutilizar para acceso de los nuevos edificios que allí se proyectaron? Los autores no se ponen de acuerdo.







Sigamos buscando restos. Y sin desplazarnos mucho, o mejor dicho nada, porque algunos están en el mismo lugar donde estuvo el desaparecido Hospicio. Aquí vemos la galería interior del Edificio Fierro, que alberga restos de muy distintos orígenes. 







Y entre ellos, parte de una lápida que se encontraba en el patio del viejo Hospicio. Esta lápida, o lo que queda de ella, se salvó de milagro, cuando ya una parte de la misma estaba en la caja de un camión, con billete hacia el vertedero de escombros.












En ese mismo patio, lucía orgulloso el escudo del Obispo Cuadrillero, creador del Hospicio.












Para localizarlo actualmente, ya debemos empezar a alejarnos del solar original donde se asentó la institución, y empezamos nuestra ruta en busca de los gloriosos cascotes. Esta primera etapa no nos va a llevar lejos, porque aquel escudo de Cuadrillero actualmente descansa en el claustro del Palacio de Los Guzmanes, sede de la Diputación Provincial. Palacio acogedor, que se ha convertido en refugio de restos de varios edificios históricos desaparecidos. (De los que nos acordaremos en otra ocasión).









Nuestra siguiente etapa, ya nos lleva fuera del casco urbano, camino de la vecina villa de Carbajal de La Legua. Cuando vemos fotografías antiguas del Hospicio, siempre nos llaman la atención esas columnas con cadenas que rodeaban el edificio, columnas coronadas con cartelas donde se podían leer varias inscripciones alusivas a la creación de la institución.









Parte de esas columnas están allí, en lo que se llamó la “Ciudad Residencial Infantil San Cayetano”. Muchos leoneses creen equivocadamente que ese nombre, San Cayetano, sólo corresponde al nuevo complejo de la carretera de Carbajal, cuando en realidad no es así. El antiguo Hospicio ya se llamaba “San Cayetano”.





Este nuevo y enorme complejo de edificios, actualmente alberga varios servicios de la Diputación y de otros organismos. Y allí se pueden ver las viejas columnas, y las inscripciones que durante tantos años flanqueaban el antiguo Hospicio. Inscripciones con máximas bíblicas, relativas a la existencia y creación de la institución. Algún autor ha creído ver algún misterio en esas inscripciones, como la posibilidad de ocultar en ellas, mediante anagramas, el nombre del secretario de Cuadrillero...








Y como la caminata nos puede haber fatigado, para calmar nuestra sed qué mejor cosa que recurrir a la fuente del patio del Hospicio. Que afortunadamente también ha sobrevivido, y además en un trastero de lujo. Nada menos que en el jardín interior de San Marcos, convertido actualmente en hotel de muchas estrellas.











Allí, en ese bonito jardín de estilo francés, junto al Bernesga, reposa aquella fuente del patio, que tantas veces calmó la sed de los muchachos que durante mas de un siglo  nacieron a la vida en el Hospicio de los prados de San Francisco. Perfecto lugar para acabar nuestra ruta. Es mi deseo que no os haya resultado fatigosa.

TEXTO: Javier Garnica Cortezo.

Según una idea sugerida por Julián Robles. 
Con indicaciones imprescindibles de Wenceslao Alvarez Oblanca.


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EL SEDUCTOR DE LA AVENIDA.



Al inicio de los años sesenta, el Depósito de Sementales de León estaba todavía en su apogeo, aunque a las instalaciones de San Marcos les quedaba muy poco para su desmantelamiento y posterior traslado a la Carretera de Asturias.

Esta institución cumplía una función de enorme utilidad, en aquellos años. Se ocupaba de seleccionar y cuidar los caballos de las mejores razas, tanto de silla como de tiro, o de producción de carne, para que cualquier ciudadano, a cambio de una módica cantidad, pudiese cubrir su yegua, o yeguas, y mantener unas lineas de calidad en la cabaña ganadera. La importancia económica de esta actividad era indudable.







Los sementales de más éxito eran verdaderas estrellas. Se cuidaban, se bañaban, se paseaban... y no sólo tenían asegurado el sustento, otras necesidades estaban, sin duda, cubiertas. En realidad, la satisfacción de esas necesidades era la razón de su existencia.






Lo que voy a relatar ocurrió quizá en 1961, quizá en 1962... la memoria del testigo que me lo contó no lo precisa al cien por cien, pero sin duda fue al principio de esa década. La economía, en aquellos tiempos, estaba... como estaba. Los hombres del campo no podían permitirse pagar un transporte para llevar su ganado al Depósito, para ser cubierto por el semental adecuado. El sistema era el de siglos atrás. Con montura, o a pelo, el hombre se subía en la yegua... y lo que se tardase, eso se tardaba. Incluso se comentaba que había gente que venía montada desde ciudades bastante alejadas, haciendo noche donde tocara. Se viajaba en grupo, para poder socorrerse unos a otros, y en el zurrón se llevaba la sencilla comida que la fortuna y las buenas manos de la esposa nos hubiese dispuesto. Y carretera, y manta.






El paisano protagonista de nuestra historia llegó a San Marcos, probablemente después de un largo camino, y entró por lo que los reclutas, y también los oficiales, llamaban “La Puerta Falsa”. Esta puerta se conserva todavía. Está entre la Casa del Peregrino y la Iglesia. El hombre llegó a la puerta (suponemos que con el cansancio normal del viaje) y se detuvo nada mas atravesarla. Cuentan los testigos que, como muchos otros usuarios del Depósito, traía incluso un paraguas colgando de la montura, utensilio imprescindible en este tipo de desplazamientos.












En aquel tiempo, la Puerta Falsa daba a un pequeño patio al que se asomaban las cuadras y el picadero. Y, a la puerta de aquella cuadra, estaba el principal protagonista de nuestra historia. “El Pobladura”. El Pobladura era un macho bretón (raza de tiro muy similar a lo que conocemos por percherón) negro zaino, lo cual quiere decir negro, pero negro como la noche sin luna. Fácilmente rondaba la tonelada de peso, y para manejarlo, sobre todo si había cerca alguna yegua, hacían falta dos hombres bien musculados, y con costumbre de manejar bichos de semejante tamaño, y semejante carácter. Carácter no muy amigable, por cierto, como veremos a continuación.

Es facil suponer que cuando El Pobladura detectó la presencia de la yegua no fue cuando esta apareció en el patio. Seguramente la había venteado mucho antes, cuando todavía la dama estaba a un kilómetro del cuartel. Pero, al entrar aquella preciosidad en el patio, los acontecimientos se precipitaron.

El cuello del semental era como el brazo de una grúa. El primer mandoble lanzó hacia un lado a uno de los soldados, y el otro no tardó en volar por el aire. A continuación se dio la vuelta y se encaró con la yegua. Con la yegua y su jinete, claro está.








Cuando el paisano vio venir de frente aquel leviatán negro, resoplando por los ollares como una locomotora, no lo pensó dos veces. Agarró su paraguas, colgado hasta aquel momento en un costado de la montura, y se tiró al suelo. (Se conoce que consideraba al paraguas como un bien sumamente preciado). Con la precipitación, no se preocupó del lugar de aterrizaje, y al final, el jinete, el paraguas y el recluta que hacía guardia en la Puerta Falsa acabaron hechos un batiburrillo en el suelo del patio.






Cuando el amasijo se desenredó, El Pobladura y la yegua no estaban a la vista. Pero no habían desaparecido. En la calle se oyeron gritos que indicaban que algo estaba ocurriendo... y algo ocurría, efectivamente. La yegua estaba atravesando la plaza de San Marcos a toda velocidad, por delante de la gasolinera, y la casi tonelada del Pobladura la seguía, enloquecido, como un tren expreso en celo. Enfocaron la Avda. de José Antonio (hoy gran vía de San Marcos) y se dirigieron a todo galope hacia la Plaza Circular, entonces Plaza de Calvo Sotelo, hoy en día Plaza de la Inmaculada.






Quisieron la fortuna y el escaso tráfico de entonces que no ocurriese ninguna desgracia, ni en José Antonio ni en la Plaza Circular, que para un caballo a galope tendido no era ningún obstáculo, por supuesto. Atravesaron los dos animales la plaza, saltando sobre los jardines, y se plantaron en plena Avenida del General Sanjurjo.





Y aquí, algo sucedió, aunque, quien podría precisarlo... (las decisiones de las hembras siempre son de difícil análisis, dicen los veterinarios). Al llegar a la altura del cine Avenida, poco antes de la Iglesia de Los Agustinos, la yegua se detuvo. ¿Quizá, fatigada por la larga carrera, recordó el dicho aquel de “hija mía, date por... cubierta”?. ¿Se dio la vuelta, y fue plenamente consciente de la belleza indescriptible de aquel semental?. ¿O simplemente, cambió de idea?.








La cuestión es que, en plena calle, frente a las carteleras del Avenida (un poco antes del cruce con la calle San Agustín) la yegua se detuvo, y sin mas complicación, se dejó cubrir. Y allí mismo, a la vista del personal, sin ayuda de cabo mamporrero ni mas ceremonia que la que la naturaleza requería, la pareja se unió sin cortapisas, formando un espectáculo callejero muy sorprendente en aquella España tan pacata y enemiga de toda manifestación pública de índole sexual. Todo ello delante del cine en el que las parejas buscaban la tranquilidad (y la complicidad) de la última fila.

Alarmado por el escándalo, un guardia municipal se acercó porra en mano (diré mejor defensa en mano, no se confunda la herramienta del guardia con la del semental) y se lió a dar golpes en la grupa del Pobladura, pretendiendo interrumpir la escena. Vano esfuerzo. Nada pudo interrumpir la acción. Y todo, en definitiva quedó consumado.




Con todo esto, con la lengua fuera, y al borde del agotamiento, había llegado hasta allí un nutrido grupo de soldados del Depósito de Sementales, corriendo desde San Marcos, acompañados por el propietario de la yegua. Terminada ya la acción importante, la acción principal, la acción que interesaba... tanto la yegua como El Pobladura se dejaron capturar sin mas complicaciones, y la comitiva se dirigió, ya sin aspavientos, hacia San Marcos, desandando poco a poco lo que anteriormente habían andado con tanto apuro.


No consta en los anales las consecuencias que trajo todo este lío para los dos soldados que estaban sujetando al Pobladura cuando tuvo lugar la larga carrera urbana de los dos equinos. Pero, solo por intuición... imagino que para estos dos pobres hombres, el día tuvo que ser complicado.

                               Con mi agradecimiento a Antonio L. B.

                                                                        Javier Garnica Cortezo.

TRAGEDIA EN ORDOÑO



León. Calle Ordoño, primeras
décadas del siglo XX.





Los funambulistas Bordini en plena actuación.
La dura vida de los equilibristas y artistas de circo no siempre ha transcurrido bajo la protección de la carpa de lona. Muchos de ellos recorrían el mundo haciendo proezas increibles, empleando los edificios como escenarios. A veces, los utilizaban para lanzarse desde los mas alto en paracaidas. Los funambulistas caminaban de un edificio a otro sobre un alambre con grave riesgo de su vida, y con frecuencia... por unas pocas monedas. 







Massa Vaz, escalatorres portugués.
Foto Gabriel Casas i Galobardes, ANC..


Y también existía la categoría de los escalatorres, que utilizaban las fachadas para hacer su espectáculo. Muchos de ellos eran portugueses: Antonio Sousa, Nestor Lopes, Massa Vaz... Pero, como en todo, se ve que había quien destacaba... y quien destacaba menos. 









León. Calle Ordoño, años 30.


De los antes citados hemos encontrado constancia documental, pero del protagonista de nuestra historia, apenas unas lineas en los periódicos de León del año 1926. Se llamaba Fernando Castilho Miranda Lemos, aunque utilizaba el nombre artístico de Fred Castilho, y era natural de O Porto. Y las circunstancias de su actuación todavía estremecen.








León. Casa Lubén, en la calle Ordoño II.


Diario de León, 24 de mayo de 1926: "Poco después de la una de la tarde, el citado gimnasta portugués, que por la mañana había tendido, en la fachada principal de la casa del Señor Lubén, las cuerdas para la ascensión, empezó a hacer la colecta entre el público".













León, Ordoño II. Foto Loty.

"Pequeño, delgado y nervioso, no daba la impresión de un hombre que estuviese acostumbrado a tan arriesgados ejercicios... la colecta ascendió a sesenta y una pesetas y quince céntimos... se despojó de la camisa, bajando en maillot gris a la calle de Ordoño II".






Santo Domingo y Ordoño.
Postal de Arribas.
"En esta había estacionada una compacta multitud...  el dia era espléndido... el escalador se santiguó, rezó, y dirigió un saludo al público, empezando a subir, ayudándose con piernas y brazos en las dos maromas".










"Al llegar al piso primero, descansó en un balcón, saludando al público a la romana. Desde aquí al piso segundo (la casa tiene entresuelo) la subida le fue mas dificil. Al llegar al mirador de dicho piso, ahora desalquilado, hacia el lado de la puerta, los esfuerzos del escalador por conseguir llegar a la barandilla fueron grandes". 
















En principio me sorprendió que la prensa de León de entonces no publicase ninguna fotografia del hecho. Un colega también dedicado a la búsqueda de estos temas (Julián Robles) me sugirió que tal vez a la sociedad leonesa de entonces no le gustaría ver a personas conocidas en la foto de prensa, en un hecho tan desagradable. La foto que acabamos de ver en el párrafo anterior está realizada por el maestro de fotógrafos Pepe Gracia, y se publicó en el periódico "La Región", de Asturias, en cuya hemeroteca la localizó Miguel Salguero, compañero en varios grupos de internet de temas leoneses. Que amablemente me la hizo llegar. Aquí la podemos ver junto a una foto actual del mismo edificio.











Es posible que, dada la calidad de los sistemas de impresión de entonces (no olvidemos que estamos en 1926) la figura del escalador se vea mal. En esta vista, le hemos señalado para que se pueda distinguir. Cuando se publicó la foto en la prensa de entonces, señalaron con una X el balcón hasta donde (casi) llegó el escalador... y desde el que tuvo la desgracia de caer.











"Las piernas le flaquearon, se dejó deslizar agarrado con las cuerdas, y al llegar a la altura del piso entresuelo (unos ocho metros) se soltó y cayó inánime sobre el asfalto sobre el costado derecho". 
"La impresión entre el público fue indescriptible. Hubo un momento de confusión enorme entre los que estaban mas próximos. Al cabo, entre nuestro compañero en la prensa Sr. Espinosa, el médico Sr. Morán y otros, después de tratar de reanimarle abajo unos momentos, le subieron a la clínica del Dr. Mata, siendo inútiles los auxilios... La muerte fue casi instantanea".








Farmacia Salgado. Colección Evelia Salgado.
Publ. por Fco. Javier Glez. Fdez-Llamazares.
"El reverendo Padre Agustino Fray Felipe Morrondo le dio la absolución "sub conditione" abajo, subiendo a la casa con el desgraciado. Un ¡ay! clamoroso se escapó de cientos de gargantas. La excitación nerviosa, sobre todo en las mujeres, fue tal, que en el Bar Azul, en la farmacia del Dr. Peña y en otros sitios fueron asistidas algunas de desmayos y ataques de nervios. Las carreras para alejarse de aquel lugar fueron muchas".





León, Calle Ordoño II.
"En el bar citado, en el Bar Montañés, Novelty, etc. entraron muchos hombres a reponerse de la impresión. Muchos niños y mujeres lloraban. Por verdadero milagro no se tiró desde el piso tercero una niña llevada de un impulso instintivo de salvar al gimnasta. La nerviosidad fue inmensa, y puede decirse que ayer se quedó en León mucha gente sin comer, y mucha también en la cama a consecuencia del susto".


Poco mas se puede añadir a esto. Toda una tragedia humana se desarrolló delante de cientos de leoneses, que habían venido, simplemente, a ver un espectáculo, y pasar una tarde distraida en aquel León provinciano y probablemente muy aburrido de los años veinte. Pero, el espectáculo era un espectáculo de riesgo, y como tal, el desastre se podía producir. Y se produjo.

Además, se ofreció a la vista de todos la tragedia vital del protagonista, que por sesenta y una pesetas y quince céntimos se jugó la vida. Y la perdió. Aunque en 1926 esa cantidad daba para comer varios dias... pero creo que eso no justifique nada.

El escalatorres no tenía dinero ni para costear su propio entierro. Dice el periódico que el "industrial funerario", Sr. Matute, corrió con los gastos del sepelio, además de una misa de funeral en San Marcelo, rogando a todos los leoneses que asistiesen a la misma. Ironía. Seguramente, si nuestro protagonista Fred Castilho hubiera llegado a viejo, dificilmente podría haberse pagado tan lujoso funeral.

                                                 Javier Garnica Cortezo.